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Editorial - El Mercurio de Chile, Grupo de Diarios América (GDA)
Ni en sus delirios soñó Chávez el apoyo que recibirían sus intervenciones a favor de sus aliados. Logró facilidades para que Cuba retorne a la OEA. Ahora, pretende reponer al destituido Presidente de Honduras.
Se cree que estamos blindados de los males externos, incluso de las infecciones de Chávez: él tiene sus adelantados, los financiará y goza de alguna acogida en nuestras autoridades. En Honduras, Chávez apoyó al díscolo Zelaya. Una vez que lo enganchó, lo instó a reelegirse, le proporcionó fondos y urnas para un plebiscito declarado inconstitucional.
Zelaya insistió y destituyó al jefe militar, desobediente de imponer el referéndum. A la sentencia de restituir al uniformado y al enjuiciamiento por abuso del poder, Zelaya contestó con desacato.
Fue destituido por el Congreso. Creía que bastaba con ser elegido para ser demócrata, como Hitler, Chávez y tantos otros. En la vacancia, asumió el presidente del Congreso. La OEA decidió intervenir, pero erró al sumarse al ultimátum chavecista.
Los hondureños en aprietos, y la comunidad internacional expuesta al ridículo. Atizados por América Latina, con rapidez inusual, Obama y la ONU, aún indecisos sobre Corea del Norte e Irán, se unieron a Chávez en las condenas al segundo país más pobre de la región. Hasta Cristina Kirchner, en emergencia sanitaria, pretendió viajar a Honduras para reponer a Zelaya. El ultimátum no resultó.
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