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China y Latinoamérica, una asociación estratégica pero con desafíos
14:36
DPA

La globalización a nivel económico se entendía hasta hace poco sobre todo en un sentido único: desde el mundo desarrollado hacia el emergente. Ya no.

El avance en Latinoamérica y otras partes del mundo de China ha dejado claro que los movimientos, compras y alianzas cada vez incluyen a más actores de los emergentes, y la crisis financiera contribuyó a cimentar el proceso. China no es el único país emergente involucrado en la tendencia, que incluye a otros como India, Brasil, Sudáfrica, México o Turquía, pero sí el más importante.

Y es el que en el aspecto de las materias primas está teniendo un protagonismo central en Latinoamérica. A más tardar, en unos cinco años China desplazará a la Unión Europea como segundo socio comercial de la región, según datos de la Cepal.

Del 7,6 por ciento del total de ventas de la región en 2009, pasará al 19,3 por ciento en 2020, de acuerdo con las estimaciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

Para algunos países ya ocupa un lugar preferente, como Chile, que destina el 13 por ciento de sus exportaciones al gigante asiático. Le siguen Perú (11%), Argentina (9%), Costa Rica (7%) y Brasil (7%).

La relación se basa sin embargo fundamentalmente en un intercambio de materias primas por manufacturas, un modelo que no cambia la participación tradicional de la región en el mundo, lo que ha hecho levantar ciertas advertencias a algunos expertos.

El avance chino pone además nerviosos a Estados Unidos y a Europa. El mes pasado, el director ejecutivo de la Federación Alemana de la Industria, Werner Schnappauf, dijo que "los chinos se están convirtiendo cada vez más en los dueños de las materias primas en el mundo", algo que en el futuro podría hacer peligrar a la industria germana.

Alemania ya fue desplazada por China como primer economía exportadora mundial, y no hay señales de que eso vaya a cambiar a corto plazo.

El empresario y escritor español Antonio Navalón es aún más ácido en su libro "Paren el mundo que me quiero enterar". "La globalización es China", afirma rotundo, y añade que "China es una sociedad productiva que nos ha convertido en su legión de consumidores. Y esto nos debilita; es más, nos esclaviza".

Navalón también critica el doble rasero de Occidente a la hora de condenar la situación de los derechos humanos en China pero hacer negocios con ella, la misma, por otra parte, que tiene Pekín en el resto del mundo: así como hace negocios con Sudán, es de esperar que de regresar las dictaduras a Latinoamérica no dejaría de firmar contratos.

Por eso, destacan los analistas, lo principal es no creer en una actuación filantrópica de China, sino aprovechar que los intereses pueden coincidir, pero buscando también la creación de empleos en la región y no sólo convertirse en "el granero de China", como advierte el economista Javier Santiso.

La relación es de complementariedad en casi todos los casos, excepto con México y Centroamérica, que compiten con China por el mercado estadounidense. A modo de ejemplo, la inversión china en Perú superó los 1.400 millones de dólares hasta abril de este año.

El país es el primer mercado del cobre, hierro y plomo peruanos, y desde 2007 entraron empresas chinas del sector minero para desarrollar megaproyectos con una inversión de 4.000 millones de dólares, favorecidas por el tratado de libre comercio que existe entre ambas naciones.

Por su parte, en Argentina, la última gran compra de una empresa local la protagonizó hace poco la estatal Cnooc, que compró la mitad de la petrolera Bridas y podría hacerse también con la participación de la británica BP en Pan American Energy (PAE).

El comercio internacional entre Venezuela y China llegó a los 8 900 millones de dólares en 2008, de acuerdo con el  banco estatal Bancoex, y el país latinoamericano envía a diario 400 000 barriles de petróleo al asiático, la mitad de ellos para pagar un crédito que esa nación otorgó a Venezuela para financiar proyectos de electricidad, agricultura y tecnología.

Porque como en África, gran parte de la inversión china va a parar a las infraestructuras que garantizarán su abastecimiento con materias primas, pero con efectos positivos a la vez sobre los países latinoamericanos.

La clave es, según Santiso, que este intercambio no anestesie "toda voluntad de diversificación más allá de las materias primas", un peligro nada conjurado si se ve, por ejemplo, la forma en que la soja prácticamente ha copado la tierra más fértil en Argentina.

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