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Fotos: archivo particular Eduardo Torres-Jara con su familia en su graduación en el MIT. Fue además uno los 100 latinos mas influyente de Massachusetts.

Eduardo Torres-Jara con su familia en su graduación en el MIT. Fue además uno los 100 latinos mas influyente de Massachusetts. Foto: Archivo particular

Él trazó su camino hasta la cuna de la innovación

11 de octubre de 2016 06:41

La robótica y la inteligencia artificial eran dos materias lejanas, casi inalcanzables, para un adolescente ecuatoriano en los años ochenta. Pero Eduardo Torres-Jara pensaba distinto y a las 12 años ya quería trabajar con robots.

Este cuencano recuerda con claridad un artículo sobre ciencia y robots publicado en la revista Selecciones. Allí leyó por primera sobre el Massachusetts Institute of Technology (MIT). Esa lectura marcó a este ecuatoriano, que siendo un adolescente tenía claro que trabajaría en robótica.

Torres-Jara avanzó paso a paso. Sus estudios de secundaria los cursó en Cuenca en el Colegio Técnico Salesiano, especializado en áreas como electricidad o mecánica. A su formación se sumaron las calculadoras y computadoras -las primeras que veía y manipulaba- con las que trabajaba su papá, quien era profesor.

Las primeras piezas fueron encajando. “Tenía claro que había una combinación de cosas que me gustaría hacer. Mi generación era de las primeras computadoras y la programación me llamaba mucho la atención”, cuenta durante una entrevista vía Skype entre Quito y San Francisco, EE.UU.

Una vez concluida la secundaria, este ecuatoriano subió un nuevo escalón. Se radicó en Quito para estudiar ingeniería electrónica en la antigua Escuela Politécnica del Ejército, hoy Universidad de las Fuerzas Armadas-Espe. En las aulas de esta institución se le abrieron las puertas de la inteligencia artificial con profesores brasileños que llegaban, gracias a un convenio educativo.

En esa misma época -mediados de los noventa- la Internet era un bien limitado en el país, pero Torres-Jara ya le sacaba provecho. En su tiempo libre navegaba buscando libros o tesis sobre inteligencia artificial.

Así supo de Rodney Brooks, el catedrático nacido en Australia y considerado una autoridad en robótica. Tras graduarse de la universidad colaboró en empresas, siempre vinculado a las telecomunicaciones, tecnología y software. Pero en su mente seguía la idea de llegar al MIT, en EE.UU.

Al aplicar para ese centro de estudios recuerda que recibió una primera carta en la que decían algo como “acaba de aplicar al programa de educación más intenso en el mundo, lo más probable es que no sea admitido, por favor aplique en otra institución”. Pero su fe pudo más y recibió una segunda carta en la que le decían no solo que fue admitido, sino que recibió una beca. Había completado parte de su sueño adolescente.

¿Cómo describe al MIT? “Es especial. Uno accede a todos los recursos académicos, financieros, científicos... se conoce gente muy genuina que quiere arreglar el mundo, haciendo cosas fuera de lo común. Es como tratar de tomar agua de un hidrante, con mucha presión, uno se puede ahogar con tanta información. Hay que moderarla para aprovecharla”.

Durante su maestría recibió financiamiento de Yamaha para construir un robot. Además, desarrolló un robot que reconocía tomacorrientes de manera visual. “Allí se compite con los mejores de todo el mundo y uno debe estar muy dedicado al estudio”, cuenta Torres-Jara, quien practica aikido, yoga, voleibol y bicicleta para desconectarse de sus tareas, pero también para abrir su mente.

Entre 1999 y 2002 completó su maestría en inteligencia artificial y para el 2007 culminó su PhD en la misma área. En esa etapa trabajó con Rodney Brooks, el profesor al que admiró desde la adolescencia.

Además, sus estudios le sirvieron para enrolarse aún más con el mundo académico y para crear una teoría a la que llamó ‘sensitive robotics’, así como una start up que está dando sus primeros pasos en el mundo de la robótica.

Sus conocidos reconocen en él a una persona especial y distinta. Santiago Peralta, fundador de Chocolates Pacari, describe a Torres-Jara como un hombre analítico, reflexivo y muy observador. “Se pone serio cuando tiene que serlo, pero también es bastante sociable, pensador, informado, de buena tertulia, con muy buen sentido del humor”.

Peralta añade que tiene mucha imaginación y que la sabe explotar en su trabajo. “Es una persona que ha tomado sus riesgos, pero que tiene mucha fe en sí mismo y se entrega por completo a sus tareas de investigación”.

Otro de sus amigos es Esteban Coello, abogado de profesión. Él lo califica como una gran persona, con buenos valores. “Un tipo sano y muy interesado en estar con el cerebro atento en temas como el arte, la política y la actualidad en general. Eduardo ha innovado de una manera revolucionaria en su campo y es un orgullo para quienes lo conocemos”.

Hoy Torres-Jara continúa dedicado a la ciencia, en Stanford. Allí, cuenta este investigador y soñador, la comunidad científica trabaja en conjunto y el apoyo es permanente entre estudiantes, académicos y profesionales.