Inés Temple. El Comercio de Lima (GDA)
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¡Lo que cuesta cambiar!

En casa de herrero, cuchillo de palo. ¡Me pasó tal cual! Me gano la vida ayudando a empresas y personas a ver el cambio como la oportunidad de ser mejores, pero cuando me tocó a mí, me pasó lo que a todos: el cambio me asustó, me desestabilizó, lo rechacé y ¡me olvidé de todo lo positivo que puede traer!

Les cuento la historia: la empresa donde trabajo hace 19 años fue adquirida por un gran competidor global y nos tocó vivir el proceso de fusión y, como parte de él, fusionar la marca con la que se nos conoce en el mercado. ¿Y saben? ¡No me gustó tener que cambiar la marca! Ni tener que hacer el esfuerzo de introducir la nueva marca en el mercado. Me dio mucha pena dejar la que tanto quiero, la que con tanto esfuerzo hicimos conocida en el mercado, al punto de haberse convertido en nuestro país en el nombre genérico de los servicios de outplacement que brindamos. ¡Es la marca que amo y que representa todo lo que trabajamos con excelencia, calidad y mucho compromiso!

¿Y saben qué hice? Les dije todo eso a los nuevos dueños “en una movida que confieso con transparencia no fue la más brillante de mi carrera”. Ahora sé con claridad que el éxito de este proceso (como el de cualquier otro de cambio personal u organizacional), dependerá de mi propia actitud de asumirlo como una oportunidad de seguir aprendiendo y creciendo.