Cacao

Roberto Mollison muestra las mazorcas de las variedades de cacao que se cultivan en esta hacienda. Foto: Fotos: Gabriel Proaño / LÍDERES

Washington Paspuel
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La Península tecnifica su cacao

Washington Paspuel (I) redaccion@revistalideres.ec

En medio de un paraje de vegetación seca tropical, los lotes de cacao se aprecian como una tabla de ajedrez. En las 730 hectáreas (ha) de la hacienda La Chola, ubicada cerca de la comuna Cerecita, a 70 kilómetros al noroeste de Guayaquil, se prueban desde hace 20 años nuevas variedades de la ‘pepa de oro’, a través de un proceso de tecnificación.

La Chola es pionera en el cultivo de cacao en la Península de Santa Elena. Cuando muy pocos apostaban por cultivar cacao en esta zona relativamente árida, por su escasa humedad y reducida provisión de agua, en esta finca le apostaron todo al cacao.

En La Chola empezaron a cultivar la variedad CCN-51 en dos lotes de 18 y 23 ha, en enero de 1996. Las áreas sembradas con esta variedad siguieron creciendo, hasta que en el 2014 se tomó la decisión de incluir, en otras áreas, dos nuevas variedades desarrolladas por el Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias (Iniap).

El CCN-51 es una variedad desarrollada a través de la manipulación genética en el país en los años sesenta. Este tipo de cacao se caracteriza por un mayor rendimiento con relación a la variedad conocida como nacional (fino de aroma) y el desarrollo de árboles de menor altura, que facilitan la cosecha de la mazorca.

Roberto Mollison, gerente de la plantación, explica que sembrar cacao en esta zona de la Península de Santa Elena resultó todo un desafío. El reto lo impuso el clima y el suelo, muy poco aptos para este tipo de cultivos. La hacienda es de propiedad de la compañía Naturisa, que produce y exporta camarón criado en la provincia del Guayas. La compañía camaronera probó en los años noventa muchos cultivos en este predio ubicado a 9 kilómetros de la vía Cerecita-Safando, a la que a su vez se accede por la vía a la Costa.

“La compañía Naturisa tomó la decisión de sembrar cacao en esta zona. Fuimos los pioneros en este cultivo. Se empezó con cacao y otros cultivos como cebolla, melón, sandía y maíz”, menciona Mollison. Con el tiempo se concluyó que donde había una mayor oportunidad en resultados era con el cacao y desde allí se fue incrementando el área de este cultivo.

Actualmente, la hacienda tiene 485 ha dedicadas al cultivo de cacao, y otras 85 destinadas a la siembra de variedades de mango para la exportación. El resto del predio se reparte entre siete albarradas (reservorios naturales de agua dulce), una reserva de bosque tropical seco, y los espacios reservados para vías y la infraestructura de almacenamiento del producto. Las albarradas sirven para captar el agua de riego, mediante un sistema de bombeo tecnificado que dosifica la cantidad de agua, según los lotes y la edad de las plantas. Ese sistema de bombeo está computarizado.

En esta hacienda la producción alcanza un promedio anual de 600 toneladas métricas de cacao, cuyo destino son países de Europa.

La finca proyecta que, a medida que sigan ampliando el proceso de tecnificación, tanto del cultivo como de las labores agrícolas, alcancen las 1 200 toneladas al año para el 2020.
En la Península de Santa Elena se cultivan alrededor de 5 000 ha de cacao, en fincas que tienen en promedio entre 100 y 200 hectáreas, según datos de Aprocafa.

La complejidad de cultivar cacao en un entorno de bosque seco tropical se derivada de la escasez de lluvias. Mollison explica que esta zona suele registrar solo tres meses de precipitaciones. Eso no fue obstáculo para cultivar cacao.

Este tomó impulso luego de la construcción del trasvase Chongón, a cargo de la ex-Cedegé, que empezó a irrigar las tierras de esa región. El clima seco, por el contrario, ofrece una ventaja para el cacao, que los propietarios de la hacienda consideraron como una fortaleza: la baja incidencia de hongos, que suelen proliferar en climas húmedos.

La tecnificación en esta finca se evidencia en todos lados. Mientras en un lote, una maquinaria recorre un área para eliminar mecánicamente la maleza, en otro lote un grupo de obreros poda las plantas con herramientas especiales. Miguel Solórzano, uno de los más antiguos podadores de la hacienda, explica que una buena poda es importante, porque evita la incidencia de enfermedades, y permite que la recolección de las mazorcas sea más eficiente por su fácil manipulación.

Insignia

El proceso de injertado es importante


José Alcívar. Supervisor de la hacienda

Mi tarea aquí es supervisar varias labores agrícolas, sobre todo el proceso de injertado, un trabajo que se hace aquí en un vivero. Este proceso es importante, porque estas matas son las que van a ser sembradas en los distintos lotes. En el vivero tenemos plantas de distintas variedades y clones y la intención es conseguir plantas más resistentes y con mayor rendimiento.

Por ejemplo, aquí en el vivero tenemos unas 8 000 plantas para injertar, y otras 14 000 que ya están injertadas y listas para pasar a los lotes.

Las matitas requieren condiciones especiales para evitar que sufran daños. Por ejemplo, hay que evitar las lluvias y el exceso de sol. Las plantas, a los tres meses de injertadas, ya están listas para ser trasplantadas a los lotes en el campo.

Llevo 15 años trabajando aquí, y durante todo este tiempo hemos visto cómo se ha ido tecnificando la hacienda y también mejorando las variedades de cacao plantadas.