Arturo Castillo / Motivador Y Prof. De Técnicas Psicorrelajantes
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Saber escuchar, ¿don o aprendizaje?

Resulta oportuna la diferenciación entre oír y escuchar. Oír es una función sensorial, un reflejo, una respuesta automática a los estímulos sonoros del entorno. Escuchar, en cambio, es un acto deliberado y consciente, un esfuerzo sostenido de atención.

Es bastante común, por ejemplo, la exasperación del niño que pese a que llama repetidamente a su madre esta ni se inmuta, hasta que el pequeño hace un auténtico berrinche .

Pero esto se ve también entre gente adulta. ¿Quién no ha dicho alguna vez, ‘oyes como oír llover’, para dar a entender que la persona no le estaba prestando atención, escuchándole. Nosotros mismos hemos recibido tal reproche en incontables ocasiones.

En otros niveles, la escucha de padres a hijos, de esposos a esposas, de jefes a subalternos; de líderes espirituales a feligreses, etc., suele estar condicionada por un ánimo autoritario.

Puede afirmarse, consecuentemente, que la escucha está, en muchos casos, modulada por relaciones de poder. Quienes están ‘arriba’ deciden escuchar o no a quienes están ‘abajo’. Por alguna razón, quienes ‘ascienden’, social o económicamente, difícilmente están dispuestos a ‘descender’ para averiguar qué piensan, quieren y sienten los demás.

Puntualmente, en lo laboral, que se basa justamente en el factor jerárquico, el tema de la escucha es generalmente crítico. Así, la desconexión entre la cúpula de la organización y las bases obedece a la falta de ánimo para escuchar; porque los jefes, desde su postura de infalibilidad, difícilmente prestan atención.

Es similar al padre que tiene el privilegio de la palabra, que la acapara y la utiliza para ejercer autoridad. Cuando el hijo osa replicar, el “¡cállate y escucha; el que habla aquí soy yo!”, no se hace esperar.

El jefe, por su parte, dirá: “¡El que manda aquí soy yo”. La lista es nutrida, y el factor común es el ¡cállate!, que implica que la posibilidad de escuchar tiende a anularse debido al autoritarismo.

Las empresas quieren mejorar, proclaman, la comunicación, pero ignoran que sin habilidad para escuchar es imposible conectarse con los demás. Si los directivos no son todo oídos para sus trabajadores, si no se animan a hablar con ellos, no habrá taller de comunicación que haga el milagro. Escuchar, en síntesis, es reconocer la importancia del otro, su existencia concreta, por su valor intrínseco; sin ningún tipo de asimetría [email protected]

“Escuchar, en definitiva,   es reconocer la importancia del otro, su existencia concreta, por su valor intrínseco”.