Arturo Castillo / Motivador y prof. de técnicas psicorrelajantes
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‘Sobre el éxito y unas cuantas ingratitudes’

El ensimismamiento laboral es un asunto bastante frecuente hoy en día. Trabajar hasta olvidarse de sí mismo es prácticamente la premisa de todo ejecutivo que apunta al éxito. Es común que haga alarde de su actitud ‘comprometida’, de su capacidad para dejarlo todo, para sacrificarse, como tributo a todo lo bueno que le espera en el futuro.

Consecuentemente, jamás daría a sus colaboradores la impresión de que él es simplemente un ser humano… Nunca les daría el mal ejemplo de anteponer sus necesidades personales, aunque se tratara de su propia salud, a los intereses de la empresa. Efectivamente, muchos altos ejecutivos tienen la convicción de que son inmunes; no creen que su salud física, emocional y mental podría afectarse debido a su estilo de trabajo.

De otra parte, no deja de ser paradójico el hecho de que su pretendido liderazgo no incluya el ejemplo de una buena salud, de una forma equilibrada de existencia.

Estas personas se preocupan del ‘empaque’, de su apariencia estética, del aspecto de su yo social, mientras que su yo profundo permanece olvidado, agreste.

El éxito a costa de sí mismo jamás puede ser el precio justo; sin embargo, hay muchísimas personas dispuestas a pagarlo, convencidas de que el dinero les devolverá aquello que dejaron, que les recompensará por los sacrificios.

Se conoce casos en los que los individuos exitosos son víctimas de incidentes que minan su imagen, su prestigio, su posibilidad de disfrutar lo conquistado, como si una fuerza misteriosa se cruzara en su vida.

Tics nerviosos, manías, sudoración, mal aliento, desates de mal humor, olvidos ‘involuntarios’, bloqueos intelectuales, lapsus, inapetencia, indiferencia sexual, son expresiones de un inconsciente que impone a la persona la necesidad de un equilibrio entre lo material y lo espiritual.

Carl G. Jung hace ilustrativos relatos acerca de sujetos que intentaron imponer sus condiciones a la vida, creyendo que quedarían impunes; el precio que debieron pagar fue el desequilibrio de su ser. Vieron, además, derrumbarse sus pequeños imperios, quedaron indefensos, a merced de su inconsciente.

Más allá del bochornoso mal aliento, del sobaco ‘matador’, que de por sí son humillantes para un ego exaltado, el problema de fondo es la falta de una auténtica estructura personal, que no dependa de pírricos logros externos.

Solo la vivencia plena del amor y la sexualidad, de lo social-profesional, la vida de familia, podrán darle al sujeto el piso que necesita para experimentarse como una persona plena.

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