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Arturo Castillo
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Migración y lenguaje, inicio del éxito

7 de septiembre de 2016 13:07

Los movimientos migratorios ocurren desde siempre; de hecho, han configurado el mundo. Son, además, una reminiscencia de nuestra condición de nómadas.

La idea de un lugar mejor, pródigo y prometedor, arquetípicamente representado en el mito de la tierra prometida, como lo vivió el pueblo judío con su éxodo, por ejemplo, reposa en el inconsciente colectivo humano.

La construcción de mitos a partir del escenario esencial del Edén, ha sido característica de la generalidad de las civilizaciones. En América, la búsqueda de El Dorado y del País de la Canela causó cambios históricos definitivos. Contemporáneamente, el mito del ‘Sueño americano’ ha llevado a millones de personas a dejar sus países de origen para ir tras la promesa de la abundancia.

En rigor, cualquier horizonte que augure días mejores tiene el potencial de convertirse en una tierra prometida.

Las migraciones masivas, que ocurren cíclicamente, obedecen a oscilaciones de la economía, a brotes de violencia o, simplemente, al espíritu aventurero del ser humano, que intuye otras realidades, que quiere otear otros horizontes.

El fenómeno de la migración humanitaria que tiene lugar en Europa, con el protagonismo de Alemania, que ha abierto sus fronteras a cientos de miles de sirios, que huyen de la peste de la guerra, plantea el eterno dilema de la coexistencia humana.

Un aspecto crucial para los refugiados es la asimilación del nuevo idioma, como una fórmula de inclusión, no solo laboral y ­económica, sino fundamentalmente cultural.

Paradójicamente, pese a la evidencia del beneficio innegable del aprendizaje del lenguaje, en varios de los países de numerosa población migratoria existen grupos que no se integran al flujo de la cultura, que han construido muros de resistencia, siendo uno de ellos, justamente, la negativa a aprender el idioma, lo que les condena a la marginación.

Sin duda, los guetos físicos están precedidos por los guetos mentales. La indisposición hacia la lengua, bajo el argumento de conservar la propia identidad, encierra un temor latente a la integración.

En lo concreto, si la persona está deseosa de migrar, el aprendizaje del idioma es crucial. Y no simplemente en su aspecto oral, sino en toda su extensión, a fin de no conducirse como un analfabeto funcional.

Incluso, si lo mira, es estrictamente práctico, como hacer dinero, el lenguaje es la herramienta idónea, aunque existe siempre un bagaje cultural esperando ser explorado.

La cortedad de propósitos, el temor al ridículo, el débil sentimiento de identidad, hacen que muchos migrantes vivan existencias limitadas, marginales, indignas.

El nacimiento de colonias tiene un valor incuestionable, en tanto no sean esencialmente una expresión nostálgica, una forma de autoprotección, una manera de hacerse la vida llevadera prescindiendo del idioma.

Indudablemente, quien absorbe el nuevo idioma eleva su autoestima, sabe que a partir de ello podrá conquistar otras metas. Además, la capacidad para comunicarse, el habla del idioma, son parámetros que los anfitriones toman en cuenta, como signos de ‘inteligencia’, pero también de un genuino esfuerzo por sumarse a la cultura.

Estudios sobre movilidad humana y migración demuestran que la elección de destino hacia los países de economías prósperas, con elevados índices de calidad de vida, tiene que ver directamente con la facilidad del aprendizaje del idioma.

No obstante, el migrante temeroso se niega esa oportunidad, convirtiéndose en un desplazado.