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Arturo Castillo
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Las pasantías, el tránsito a la realidad

El tránsito de la vida estudiantil a la realidad del ejercicio profesional es capaz de generar conflictos internos, sentimientos de ruptura, de fraccionamiento. Algunos individuos lo experimentan como un limbo insoportable, como un salto al vacío.

Estos sentimientos cobran un carácter dramático si se toma en cuenta que el término de una carrera coincide, generalmente, con el proceso evolutivo del carácter y la personalidad, con los cambios anímicos y psicofísicos propios de la adolescencia tardía.

Por supuesto, la sociedad se desentiende de estas obviedades, con el argumento de que ‘todos hemos pasado por lo mismo’, dando a entender que el mundo no se detendrá porque alguien no logra adaptarse a esos cambios.

En todo caso, hacerse a sí mismo, volverse autónomo, renunciar a la protección paterna, son estadios ligados al desarrollo humano, que tienen conexión, obviamente, con la inserción del individuo en el mundo del trabajo, de la productividad. En otras palabras, la persona tiene que afirmarse socialmente, como sujeto social, dando muestras de autosuficiencia, evidenciando su capacidad para generar recursos.

Las pasantías, en ese sentido, ayudan a tender un puente, facilitan el proceso de cambio, la iniciación laboral; permiten poner en juego los saberes, llevándolos al campo práctico.

Pero no solo eso, también se trata de una ambientación, del desarrollo de la convivencia laboral, de la habilidad para comunicarse y ser parte de un equipo. Es un entrenamiento para la sana obediencia, la fidelidad, para cultivar la disciplina.

En la práctica, daría la impresión de que las pasantías son concesiones que hacen las empresas a los jóvenes que necesitan experiencias. Generalmente, se les asignan tareas de poca trascendencia. No se apela a sus competencias, no se les confían responsabilidades importantes; se soslayan sus potenciales.

Naturalmente, será un ejercicio para la humildad, para relativizar aquello de tareas importantes y tareas sin importancia. El novel trabajador deberá aprender que todo oficio es exigente y que no hay trabajo pequeño, que se pueda hacer sin pasión, de manera despreocupada.

Ojalá las empresas asumieran el papel de mentoras de los nuevos profesionales, con guías éticos y profesionales, con espacios de expansión de la inteligencia y la creatividad, para la comprensión humanista del trabajo. Si se piensa en lo empresarial como un aspecto esencial del tejido social, la responsabilidad formativa de los trabajadores tiene un valor absoluto.