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Ilustración: Ingimage

Ilustración: Ingimage

¿Ha hecho de su hogar una oficina adjunta?

6 de julio de 2016 09:53

En general, la tecnología contemporánea ha derribado los umbrales del tiempo y el espacio, al punto de la ambigüedad, de la pérdida de líneas de referencia, tan necesarias para la psiquis.

El tiempo, llamado a veces tiempo ‘real’, es un tiempo que hace referencia a la simultaneidad de la información, sin consideraciones horarias, espaciales, que llega a millones de sujetos, ‘afortunados’ espectadores de un mismo espectáculo.

En ámbitos más domésticos, en la cotidianidad, la imposibilidad para desconectarse del tiempo marcado por las máquinas está provocando una especie de fatiga colectiva. ‘Always on’ es la condición mental de millones de sujetos, cuyas vidas parecieran ser una extensión de las máquinas.

El tiempo fabricado por la tecnología es, finalmente, una negación de la realidad, una invención que ha vaciado de sentido a la existencia misma, que ha superpuesto la ficción a lo tangible.
En fin, el tiempo le es radicalmente ajeno al ser humano de nuestros días; pertenece a aquellos que le obligan a mantenerse en ininterrumpida conexión.

Este es el caso del trabajo, que hoy es más ‘portable’ que nunca. Los aparatos electrónicos sirven de maravilla para hacer de los individuos gente adicta al trabajo.

La computadora es una oficina omnipresente, un jefe omnipresente; es la responsabilidad fuera de todo límite, el sentimiento de ser eficiente llevado a la exacerbación.

El condicionamiento del trabajo hace que muchas personas conviertan su hogar en una oficina adjunta. Sin embargo, este hábito no es siempre atribuible a la carga de trabajo o a la imposición de jefes abusivos. Tiene que ver, en muchos casos, con el aburrimiento, con el tedio.

La laboriosidad es usada como una forma de evasión, como una manera de sacarle el cuerpo al contacto familiar. Pasa con individuos cuyo estilo de trabajar les ha vuelto ciudadanos mecánicos y fríos, pragmáticos, al punto que se han desconectado de sus emociones.
El contacto familiar exige de él otra forma de inteligencia, capacidad para escuchar. Y no es fácil, puesto que en la oficina siempre es él quien habla, y los demás escuchan.

En su reino laboral, todo tiene un orden, una secuencia, un proceso. Por el contrario, el hogar, la familia, tienen que ver con la espontaneidad, con el arte de la improvisación, con la frescura de cada instante, aspectos que la mente estructurada mata.

El aburrimiento conyugal puede volver a algunas personas adictas al trabajo en casa. Obviamente, lo ocasional no debe ser motivo de preocupación o conflicto, pero si ya se vuelve algo rutinario, quizás es tiempo de discutirlo en pareja.

Un punto de acuerdo podría ser, por ejemplo, nada de computadoras en la alcoba matrimonial.
Respecto de los jefes que se creen dueños del tiempo de sus trabajadores, es necesario poner un límite claro. Naturalmente, detrás de un jefe que no respeta el tiempo libre de sus empleados, hay un sujeto autoritario.

Existen también los flemáticos laborales, individuos que pretenden que el mundo se mueva a su ritmo. Ellos tienen siempre tareas pendientes, de modo que frente a la presión, se ven obligados a llevar trabajo a casa. Pero es un círculo vicioso, porque difícilmente llegan a ponerse al día, ya que el meollo del asunto está en su parsimonia.

No se puede dejar de lado a aquellas personas que aseguran amar el trabajo. Lo hacen de manera tal que parecerían dispuestos a ofrendar su armonía familiar, su relación de pareja.
Esa afectividad laboral no alcanza a jerarquizar las situaciones, a priorizar las necesidades propias y las de los demás. Estamos ante un amor neurótico.