placeholder
Luis Aulla es un artesano que aún trabaja con esta fibra natural. Aprendió la técnica a los ocho años de edad. Foto: Ángel Barahona para LÍDERES

Luis Aulla es un artesano que aún trabaja con esta fibra natural. Aprendió la técnica a los ocho años de edad. Foto: Ángel Barahona para LÍDERES

Totora y cabuya sirven para emprender

8 de diciembre de 2016 13:37

Hace 10 años la manufactura de esteras de totora sostenía la economía de San Gerardo, una parroquia situada a 10 minutos de Guano, en Chimborazo. Pero en la actualidad es un oficio que está en vías de extinción.

Los productos hechos con plásticos son más económicos y reemplazaron a las esteras, que se utilizaban en la construcción para impermeabilizar los techos y paredes, para armar carpas, para secar granos y otros usos.

“Ya nadie puede subsistir de la totora. Antes, todas las familias de la parroquia se dedicaban a cosechar y procesar las plantas para hacer esteras. Casi toda la mercadería la llevaban a Guayaquil, el mercado era amplio”, recuerda Luis Aulla, un artesano que aún trabaja con esta fibra natural.

Antaño, todas las familias de la parroquia dependían de los tallos de totora, una planta acuática que crece en los sitios pantanosos de las comunidades aledañas al pequeño poblado. Pero en la actualidad solo unos 10 artesanos conservan su trabajo.

La fabricación de esteras implica todo un proceso, desde el cuidado de las plantas, la cosecha, el secado y el tejido con los tallos. Pero en el mercado los productos finales se pueden adquirir hasta por USD 3. “Ya no es rentable. Todo el trabajo que hacemos no se compensa con el precio”, dice Aulla. Él proviene de una familia de artesanos y aprendió todo sobre el tejido de las plantas desde los ocho años.

El proceso se inicia con el corte de los tallos. Cada ocho meses se seleccionan los más delgados y largos, pues son más fáciles de cortar y durables. Luego se secan al sol y se tejen utilizando una técnica heredada por los abuelos.

La última parte del proceso es la más complicada. Hay que mojar los tallos y manipularlos mientras están húmedos para que las esteras se puedan enrollar y estirar sin romperse. El producto final es tan resistente que puede conservarse intacto al menos por 40 años.

“Por eso las compraban para las construcciones. Se colocaban en los tumbados como soporte para las tejas, o en las paredes de adobe, para volver el interior de la casa más acogedor”, dice Juan Pinta, otro artesano de San Gerardo.

Hoy solo las buscan los decoradores de interiores que esperan lograr un acabado rústico en sus trabajos, pero el mercado es limitado. Antes cada familia producía al menos una docena semanal de esteras, en la actualidad solo se elaboran dos o tres cada semana.
Los bajos costos son la razón por la que los más jóvenes se desanimaron del negocio de sus padres, y decidieron emprender nuevos negocios. San Gerardo hoy es un sitio conocido por las fábricas de ropa deportiva e invernaderos de frutillas en sus terrenos.

“Los artesanos que perseveran en el trabajo manual son adultos mayores y es el único oficio que conocen, cuando ellos mueran, las esteras se morirán con ellos”, dice Aulla. Según él la capacitación y la búsqueda de nuevos mercados, serían una solución para rescatar la tradición de sus abuelos.

La idea es iniciar un proyecto similar al que emprendieron los artesanos de Colta. Allí las comunidades se dedican a la fabricación de artesanías con las totoras que crecen sin control en las orillas de laguna de Colta.

Pero allí, aprendieron a manufacturar otro tipo de artículos para atraer la atención de los visitantes que llegan en el tren. Los comuneros de Santiago de Quito, por ejemplo, elaboran pequeños muñecos que representan los oficios tradicionales de los indígenas.

El proyecto es promovido por la Junta Parroquial y consiste en capacitar a las mujeres de las 11 comunidades en la elaboración de esas artesanías. La iniciativa se denomina ‘Soy un artesano’ y consiste en comercializar artesanías que promuevan el orgullo por la identidad y a su vez, el turismo comunitario.

“Nos gustaría iniciar un proyecto similar, pero requerimos más apoyo institucional, un plan de negocios y motivar a la gente de la parroquia para no dejar morir nuestra tradición”, dice Aulla con un aire de nostalgia.

Por su textura firme y tosca, la totora es perfecta para moldear esculturas vegetales, muebles, cestos, adornos y otras artesanías. De hecho, estas mismas propiedades vegetales eran aprovechadas para la elaboración de implementos para el hogar antes de la proliferación de los productos plásticos.