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Arturo Castillo. Motivador y Prof. de técnicas psicorrelajantes
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¿Un gran jefe en la casa y en la oficina?

Resulta difícil de asumir que los seres humanos no logramos consolidar nuestro carácter, en una vida entera. Muestra de ello es que no paramos de aprender nuevas conductas. Siempre pueden ocurrir cambios de comportamiento capaces de sorprendernos a nosotros mismos y de confundir a los demás.

Lo que solemos llamar ‘personalidad formada’ es, en el mejor de los casos, un cliché. ¿Cómo explicar, entonces, los cambios radicales que experimentan sujetos en edad madura, que hacen de ellos víctimas de acciones impensables y les lleva a traicionar toda una historia de vida?

No son raras las conversiones, las rupturas amorosas, los cambios de ideología. Algunos de estos exabruptos coinciden con la crisis de la mitad de la vida. Pero el tema de fondo es que el carácter y la personalidad no son estructuras sino procesos, siempre en transformación.

Esos procesos hacen de la vida una totalidad, sin fraccionamiento posible. Aplicado este principio a lo personal y a lo profesional, lo que ocurre en uno de los ámbitos, afecta al otro. Por ejemplo, una persona con problemas de comunicación a nivel familiar, tendrá similares dificultades en su trabajo.

Los conflictos laborales incidirán en lo familiar, aunque el sujeto se proponga mantenerlos al margen; se filtrarán, provocarán cargas de estrés, generarán reacciones y actitudes conflictivas. Mientras que los asuntos de casa acarrearán consecuencias que se manifestarán en el campo ocupacional.

Ocurre muchas veces que la persona se inhibe en casa, pero da rienda suelta a sus emociones en el espacio laboral. A la inversa, puesto que en el trabajo tiene una posición de dependencia, con la presencia de alguna autoridad, en su hogar será dictatorial, se desahogará emocionalmente.

Podemos hablar de conductas compensatorias, en ciertos casos, cuando, por ejemplo, la impotencia expresiva en el ambiente familiar se convierte en avasallamiento en el lugar de trabajo. En el caso de los hábitos conductuales, la persona actuará de idéntica manera en la oficina y en la casa; así, puede que encarne al jefe autoritario a tiempo completo.

Todo esto se sintetiza en la convicción de que el trabajo es el ‘segundo hogar’, en el hecho de que buena parte de la existencia se desenvuelve en los espacios laborales. No es raro que se conozca mejor a los colegas, que se tenga con ellos más comunicación que con a los propios familiares.

Paradójicamente, tanto la empresa como la familia exigen al sujeto que deje sus problemas en la oficina, que no lleve a su trabajo los ‘rollos’ familiares. El pedido, justo y todo, es impracticable, irrealista.

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