Arturo Castillo (O) Profesor de yoga; especialista en RR.HH.
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Del pánico escénico a la confianza plena

Es común escuchar que muchas personas experimentan el llamado 'pánico escénico', cuando tienen que dirigirse a un auditorio. Es un temor visceral, que sobrepasa el lado racional de la persona, y que se manifiesta como un sentimiento de insuficiencia, que le lleva a pensar que hará el ridículo.

Y es justamente esa actitud medrosa la que le vuelve vulnerable a las intervenciones, a veces agresivas y saboteadoras, de ese arquetípico personaje, el sabelotodo en la audiencia.

¿Cómo lidiar con aquello? Ciertamente, no existe una fórmula de aplicación indiscriminada, útil en todas y cada una de esas situaciones.

Igual que no se aplica la misma estrategia en cada partida de ajedrez, el arte de la oratoria empresarial exige un reconocimiento del contexto, de las circunstancias específicas e inéditas del momento y saber cómo responder a ellas.

El conferencista tendrá que hacer una primera lectura del auditorio, a partir de la expresión corporal de los presentes, de la atmósfera del lugar. Deberá aguzar sus sentidos, abrirse a su propia intuición.

En el curso de la exposición, es casi previsible que salte a escena el contradictor, deseoso de apropiarse de la atención del auditorio. Hará toda clase de acrobacias para echar por tierra la disertación, para demostrar su superioridad intelectual.

Obviamente, la confrontación y la polémica son un buen negocio para él; moverse en su dirección sería un error de estrategia. Que lance golpes al aire hasta agotarse, que no halle contrincante, que termine enredándose en sus propios argumentos. Claro está, se trata de un riesgo calculado, manejable cuando el expositor se tiene fe, cuando su palabra es serena pero firme, su postura imponente, sin sombras de soberbia.

Se sobreentiende que el expositor sustenta su charla en verdades demostrables, en principios éticos, que habla de buena fe. De no ser así, su palabra será vulnerable, objeto de cuestionamientos. La fuerza de la verdad brinda un sentimiento de confianza, capaz de resistir ataques intelectuales maliciosos. Por último, la habilidad para escuchar, no solo como una estratagema sino como un ejercicio honesto, distiende el ánimo de públicos complicados, que acabarán por entregarse a la aventura del conocimiento.

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