Arturo Castillo / Motivador y prof. de técnicas psicorrelajantes
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‘Un estado cuando todo pierde sentido’

El lenguaje corriente usa de manera despreocupada expresiones como ‘neurótico’, ‘bipolar’, ‘paranoico’, ‘maniático’, ‘depresivo’, ‘compulsivo’, generalmente para caricaturizar ciertas conductas. Curiosamente, esas ‘ingenuas’ rotulaciones, aparentemente coloquiales, a veces delatan la condición psicológica de los aludidos. Existen dolencias del alma que pasan en la cotidianidad como normales y tolerables, a menos que se exacerben y cobren un carácter dramático.

Se trata de la ‘patología de la normalidad’, como sostenía Erich Fromm; conductas que la sociedad pasa por alto y que se han vuelto habituales. La ambición, por ejemplo, se considera una virtud en la sociedad actual; quien quiere triunfar debe ser ambicioso. Su ambición, sin embargo, podría llevarle a ‘enloquecer’.

De otra parte, la depresión, mal distintivo de la Era de la Informática, ataca a millones de personas, que se sienten mortalmente solas a pesar de que sus cuentas virtuales están repletas de ‘contactos’.

El pensamiento común concibe la depresión como un estado anímico transitorio, fácil de superar con algo de entretenimiento. La consigna es: ‘si estás ‘bajoneado’, ¡diviértete!’.

En el ámbito laboral, los signos de la depresión se presentan como desidia, absentismo, improductividad, desconcentración, comunicación errónea, entre otros.

La empresa buscará librarse del trabajador ‘incompetente’. Difícilmente se interesará por el sujeto como tal, con sus problemas humanos.

Síntomas como melancolía, tristeza, baja autoestima, desesperanza, pesimismo crónico, aislamiento, anuncian la depresión. ¿Está la persona inhabilitada para trabajar? La respuesta no la tiene la empresa, sino el profesional de la salud. La compañía debe tomar cartas en el asunto. RR.HH., debe canalizar la situación, a fin de que las presiones laborales no agraven el estado psicoemocional del trabajador.

Lo que la medicina ocupacional y la psicología industrial entienden como ‘riesgos del trabajo’ no siempre les permite abordar adecuadamente las complejidades anímicas y psicológicas de los trabajadores. Tampoco han desarrollado suficientemente estrategias de salud preventiva. Pasa como con las políticas de salud pública, que concentran su atención en el tratamiento de enfermedades, mientras que el bienestar, que radica en lo preventivo, está totalmente ausente.

La salud ocupacional no debiera consistir en el tratamiento de las dolencias ligadas a ambientes laborales altamente nocivos, sino en la generación de políticas y prácticas que hagan del trabajo una experiencia estimulante, gozosa.

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