Arturo Castillo / Motivador y Prof. De Técnicas Psicorrelajantes
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¿Se siente cautivo en su oficina?

El ser humano es la única criatura capaz de transformar el espacio de manera consciente. Lo hizo por primer vez para cubrirse de las inclemencias de la naturaleza, para sobrevivir. Creó entonces su primer techo, su primera morada, su primer espacio seguro.

De esa forma trazó, además, una clara línea divisoria entre lo interno y lo externo, entre lo de afuera, lo extraño, hostil y desconocido, y lo de adentro, lo conocido, lo propio. La conciencia de lo espacial y la jerarquización del espacio, ligados a la supervivencia, al reconocimiento del ‘no espacio’, el inframundo, constituyen, sin duda, las primeras manifestaciones de la necesidad del ser humano de estructurar el entorno.

De otra parte, el cuerpo es la herramienta natural, que facilita la relación con el espacio; mejor, el cuerpo es parte del espacio, el cuerpo es espacio. Sin embargo, bajo ciertas condiciones, la simbiosis espacio-cuerpo puede sufrir alteraciones, como ocurre, por ejemplo, con algunos lugares de trabajo, que carecen de los requisitos mínimos para albergar a los trabajadores.

Y no se trata estrictamente del mobiliario, que puede ser cómodo, ergonómico, sino del conjunto de elementos, como la luz, la ventilación, la temperatura, la distribución espacial, las facilidades para el contacto, etc.

De hecho, hay espacios que provocan claustrofobia, que desestimulan el deseo de trabajar. La preeminencia de ciertos colores, la estética, también influyen en el comportamiento de los trabajadores. Los cubículos, pensados para brindar privacidad y evitar distracciones, tienen en muchos sujetos el efecto ‘cautiverio’, que se manifiesta con ataques de angustia y deseos de huir. Cuando hay hacinamiento, crecen los conflictos, la hostilidad; las personas se sienten ‘invadidas’.

Quienes tienen una personalidad expansiva, abierta, comunicativa, sufrirán serias consecuencias nerviosas y emocionales. En cambio, los retraídos, poco dispuestos al contacto, verán agravada su dificultad para interactuar.

En general, los espacios laborales tienden a ser impersonales, aunque hagan gala de una belleza que nadie disfruta. Jardines, hermosos espacios verdes, por ejemplo, que nunca nadie pisa, árboles que jamás brindan su sombra a algún perezoso visitante. Ciertos jefes no quieren dar a sus colaboradores muchas comodidades; no sea que se malacostumbren, piensan. Además, la comodidad cuesta.

Escriba a Arturo Castillo: [email protected]