Artesanos de seis comunidades venden sus productos en la plaza La Balvanera, en Colta. Foto: Glenda Giacometti / LÍDERES

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Cristina Marquez
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Una iglesia de 481 años acoge sus artesanías

27 de junio de 2016 08:53

Una iglesia de 481 años de antigüedad, la primera capilla católica construida en el Ecuador, inspiró a los artesanos de Colta, en Chimborazo, a iniciar un negocio comunitario. La Asociación de Artesanos La Balvanera está integrada por 12 personas de seis comunidades de Chimborazo, Cotopaxi y Tungurahua.

Ellos fundaron la Plaza Artesanal Balvanera, ubicada en la antigua plazoleta de piedra, junto a la laguna de Colta, a 30 minutos de Riobamba. Allí se ofrecen recuerdos de viaje de todo tipo, manufacturados por las familias de los emprendedores, también hay prendas originarias y las ventas se acompañan con relatos sobre la cultura Puruhá.

La historia que relatan sobre la iglesia es la que más llama la atención de los turistas. Los detalles constructivos de la fachada muestran la simbiosis entre la cultura Puruhá, la cosmovisión andina y la imposición religiosa que trajeron los colonos españoles.

Esos detalles también están impregnados en las pinturas que vende Manuel Ilaquiche, un artesano oriundo de la comunidad Tigua, en Cotopaxi. “Decidí venir a iniciar un negocio aquí porque me contaron sobre esta iglesia. Estaba vacía y casi nadie vendía artesanías aquí. Lo vi como un mercado virgen”.

Cuando él llegó a Colta en el 2009, la plaza estaba casi vacía. Los pocos artesanos que llegaban con sus mercancías lo hacían por su cuenta y no estaban organizados. Eso se consideró una desventaja pues había desorden en la ubicación para las ventas.

En enero de este año decidieron integrar una asociación comunitaria y así plantearon objetivos comunes que fortalecieron el turismo e incrementaron las ventas. “Desde que nos organizamos nos hemos capacitado en varias áreas, como turismo, atención al cliente, mejora de procesos y otros temas. Ahora tenemos metas más grandes”, dice María Naula, presidenta de la Asociación.

Cada día llegan en promedio 50 visitantes, pero en temporada alta esta cantidad se duplica. En algunos de los locales se ofrecen tejidos hechos con lana de borrego, alpaca y llama, procesados al estilo antiguo.

Las mujeres son hilanderas expertas. Cardan y limpian las fibras de lana, para luego torcerlas con sus dedos en un wango (palo delgado para hilar), y formar hilos de distinto grosor. Los turistas pueden mirar cómo se realiza ese proceso antes de comprar los ponchos, bayetas y sacos tejidos.

“Les explicamos cómo nos enseñaron a tejer nuestras abuelas y también la diferencia entre una prenda de tejida a mano y otra hecha en una máquina industrial. Así pueden valorar más las mercancías que ofrecemos, pero también difundimos nuestra cultura que ya se estaba perdiendo”, cuenta María Chimbolema, una socia.

Desde que se inició la organización las ventas se incrementaron. Ahora incluso se ofrecen recorridos por el centro de interpretación turística para explicar más acerca de los puruhaes y sus prácticas culturales.