Arturo Castillo. Motivador y prof. de técnicas psicorrelajantes
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Cuando jugar trae beneficios a la empresa

El ser humano, aún cuando alcanza su etapa de adultez, se esfuerza por camuflar su latente necesidad de jugar. Parte de esa negación es haber hecho del juego algo serio, competitivo, empresarial, un negocio de grandes cifras.

El juego ocurre en el ámbito individual, con un sinnúmero de aparatos electrónicos que, a más que ser útiles, sirven para entretener a su propietario y alejarlo momentáneamente de la realidad en la que se desempeña. Los juguetes para gente grande pueden presentarse en diferentes tamaños y costos, tener la forma de un automóvil de colección o de un avión a control remoto; de un lujoso velero o de un modesto juego de video.

Colectivamente, están el fútbol, el tenis, el baloncesto, las carreras de automóviles, entre otras formas de entretenimiento, que permiten a los adultos divertirse, dejar salir al niño que vive cautivo, atemorizado.

Esa necesidad lúdica ha sido llevada al mundo de los negocios, con la práctica del golf, un deporte considerado elitista y refinado. Su práctica no es masiva y en muchos casos, el acceso a las instalaciones donde se practica es privilegio de algunos pocos.

La gratificación del juego, el recorrido a lo largo del campo de golf mientras se respira aire fresco, en una mañana soleada, con cielo azul despejado, se combina con provechosos 'business'; el 'score' ganador incluye relaciones estratégicas, socios potenciales, pero también nuevos compañeros de ocio y recreación.

Se sobreentiende, sin embargo, que en todo juego hay jugadores tramposos, que usan el juego como un ardid para tomar ventaja sobre sus contrincantes o incluso contra sus propios compañeros. El juego, como se sabe, pone en acción la personalidad y el carácter sin tapujos ni máscaras. Entonces, seguramente no siempre el juego sale bien; es probable que el golfista se dé cuenta de antemano que no debe hacer negocios precipitados, a sabiendas de que 'se juega como se vive'. Si el individuo no respeta los códigos del deporte, posiblemente tampoco sea consecuente con los principios éticos del mundo empresarial.

El juego, aparte de su valor lúdico, deja al descubierto la impaciencia, el mal humor, el derrotismo, el regateo; la arrogancia, la frustración, la agresividad, el miedo a tomar decisiones. El juego adulto, en suma, tiene sus cálculos; jamás volverá a experimentar el gozo infantil.