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El éxito, profesional, laboral, académico conlleva otro tipo de satisfacciones, de plenitud y ejercicio de atributos que no son mensurables. Foto: Referencial

El éxito, profesional, laboral, académico conlleva otro tipo de satisfacciones, de plenitud y ejercicio de atributos que no son mensurables. Foto: Referencial

¿Es el éxito la medida de todo?

25 de enero de 2017 13:20

La década de 1960 fue pródiga en la publicación de libros del género literario llamado ‘Autoayuda’, que se basaba en algunas generalidades de la psicología. Se trataba, pudiera decirse, de psicología para consumo masivo.

Tan pronto como algunos autores atrajeron la atención de multitudes de lectores, convirtiéndose en ‘best sellers’, los títulos se multiplicaron, haciendo del nuevo estilo literario un negocio verdaderamente millonario.

Varios de esos autores lograron persistir por algunas décadas, con prestigio de auténticos ‘gurús’, como fue el caso de Wayne W. Dyer, quien saltó a la fama por su libro ‘Tus zonas erróneas’.

Los ‘recalentados’ de estos libros fueron inevitables, porque había que atender a los ávidos lectores, que esperaban con ansiedad nuevas publicaciones, aunque se tratara de ideas repetitivas, de enlatados conceptuales.

Paradójicamente, la ‘autoayuda’ se basaba en la guía ‘experta’ del autor, lo que a la postre provocaba algún grado de dependencia psicológica. Era la modalidad del ‘hágalo usted mismo; nosotros le facilitamos el manual’. En rigor, un procedimiento parecido al ensamblaje de objetos.

Pero el terreno ya había sido preparado por autores como Dale Carnegie, con su obra ‘Cómo ganar amigos e influir sobre las personas’, aparecida 1936, que dio inicio al género motivacional.

‘El poder del pensamiento tenaz’, de Norman Vincent Peale, publicado en 1952, marcaría también una época. No sería el único predicador, que del espacio religioso pasaría a incidir en el pensamiento de sus contemporáneos.

Peale es reconocido como el primer autor del género autoayuda, con 20 millones de copias vendidas, en 14 idiomas.

En 1937, Napoleón Hill colocó en el mercado su obra ‘Piense y hágase rico’, cuya vigencia llega hasta hoy, pues calza extraordinariamente con la búsqueda del éxito como un modelo vital.

Hill dio origen a la literatura de superación personal, que luego se fusionaría con el ‘management’. Para inicios del presente siglo, la industria editorial llegó a generar USD 2,4 billones al año con ese híbrido literario.

¿Pero cuál es la fórmula secreta detrás de esa escalofriante cifra? La respuesta radica en el paradigma que inspira y sostiene al mundo capitalista: el éxito. Paralelamente, la idolatría a los individuos exitosos.

Napoleón Hill, Orison Swett Marden, Samuel Smiles, Norman Vincent Peale, Dale Carnegie; y contemporáneamente, John C. Maxwell, convertido en ‘trademark’, son apóstoles del capitalismo, encargados de predicar acerca del éxito, de mantener vivo el ‘sueño americano’.
De otra parte, esa especie de culto al éxito se sostiene en una forma de espiritualidad plenamente reconciliada con el dinero, que tiene de por medio a Dios como un socio estratégico.

En ese contexto, el éxito se entiende como sinónimo de acumulación de riqueza, que trae consigo aceptación social, admiración, círculos de exclusividad, poder, cierta ‘belleza’ que confiere el dinero; permisividad moral. Sin duda, el nuevo presidente de EE.UU, Donald Trump, constituye un ícono de este tipo de éxito.

El caso es que ese estereotipo se va convirtiendo en la medida de todas las cosas. El éxito, profesional, laboral, académico, el éxito como esposos y padres; como estudiantes, como sujetos, conlleva otro tipo de satisfacciones, de plenitud y ejercicio de atributos que no son mensurables.
Lamentablemente, no hay nada que aterrorice más a las personas que el fracaso, que muchas veces no es otra cosa que la imposibilidad de dar la medida de las expectativas de los demás.