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Empresarios presupuesto

Empresarios se dieron cita el jueves pasado en la Casa de la Música, en Quito, para celebrar el septuagésimo noveno aniversario de la Cámara de Industrias y Producción (CIP). Foto: Julio Estrella/LÍDERES

¿Ha cambiado el empresario ecuatoriano?

16 de noviembre de 2017 15:32

Al igual que los individuos, las empresas nacen con identidad, evolucionan con ella, cambian a lo largo de su existencia, sufren retrocesos, tienen crisis de identidad, maduran, declinan y, en algunos casos, fenecen.

Aunque el propósito primario de las empresas es generar riqueza, sin duda también contribuyen para la realización humana y profesional. Detrás de la sostenibilidad y permanencia de las empresas, está la concreción de sueños y metas; está la estabilidad material y emocional de incontables familias.

No hay que perder de vista que las empresas son entes vivos, creados por seres humanos concretos. En tal sentido, las organizaciones reflejan la personalidad de quienes las manejan. Hay estilos empresariales que se convierten en modelos, en referentes, detrás de los cuales hay formas de liderazgo efectivas.

En su conjunto, la manera de hacer empresa determina el curso de la economía de un país. El modelo empresarial ecuatoriano, puntualmente, construido a lo largo de estos últimos veinte años, es producto de una mentalidad específica, una manera de entender la realidad local y global, de una forma de concebir la economía, el mercado, la responsabilidad social y la gestión de los recursos humanos.

Elaborar un perfil del inversionista y empresario ecuatoriano, en función de su temperamento, de su formación, de sus experiencias prácticas, de su visión social, de sus convicciones políticas, de su filosofía de vida, de su manera de entender el capital y su función respecto del ser humano, es una tarea compleja.

En general, solo se puede hablar, quizás, de estilos conservadores y progresistas, de mentalidades abiertas o cerradas. Puntualmente, de qué tamaño ven el mundo, cuánto quieren explorar otros mercados, otras economías y culturas; qué percepción tienen de los productos y servicios que ofrecen sus empresas; si se sienten competitivos o no. Qué miedos y reparos tienen, más allá de riesgos potenciales, para atreverse a crecer.

El empresario que no se educa de manera continua, que no abre su horizonte mental, difícilmente podrá establecer dentro de su propia organización un modelo de desarrollo continuo.

Alguien que no lee, que no reflexiona, que no tiene hábitos de vida expansivos y saludables; que no cuenta con un grupo de apoyo, que no se vincula con otros empresarios, que no guarda un equilibrio entre el trabajo y el ocio, entre los afanes empresariales y la familia, no tendrá una visión humanista y progresista de su compañía.

En ese sentido, la clase emprendedora ecuatoriana tiene trecho que recorrer. Alcanzar una cultura personal, que luego se refleje en la organización, exige de otras facultades, más allá de la habilidad para hacer negocios.

Las dos décadas pasadas, los empresarios ecuatorianos se vieron abocados a replantearse sus modelos empresariales domésticos, urgidos por la vorágine de la globalización, por el crecimiento de la economía y de los mercados regionales.

Las herramientas tecnológicas han sido importantes para insertarse en el nuevo contexto global, pero más que eso, el cambio de mentalidad que han experimentado; especialmente durante la década pasada.