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Los grupos de trabajo se rescatan a través de la firmeza y visión que comunica el líder.

Los grupos de trabajo se rescatan a través de la firmeza y visión que comunica el líder.

El falso líder no trabaja en equipo

16 de febrero de 2017 13:13

Obsecuencia y tiranía van siempre de la mano. La historia del mundo, la forma cómo ha sido construido; el desarrollo de las sociedades y culturas no importa si se mira hacia Oriente u Occidente, son un relato crudo y recurrente del afán del hombre por someter al hombre.

El trabajo, ‘invención divina’, condenó al hombre a ganarse el pan con el sudor de su rostro. Sin embargo, desde los albores de la historia, esa condena tomó forma de esclavitud.

La realidad demuestra que millones de seres humanos van a su trabajo con la pesada sensación del aburrimiento, la desidia y el mal humor.

Producto de ello, cada individuo carga consigo un sentimiento de separación y aislamiento, incluso cuando está rodeado de una multitud. Sin duda, el trabajo ayuda a que los individuos se reconecten, de modo que los demás, los inmediatos, los compañeros de labores, constituyan puentes para el restablecimiento del sentimiento de pertenencia social.

En ese sentido, la formación de equipos de trabajo ayuda a tamizar la tendencia al individualismo, la búsqueda de propósitos personales, de manera que el accionar sea grupal, unánime y concertado.

Un equipo es, por definición, la expresión armónica de lo diverso, a la manera de una orquesta que, con una variedad de instrumentos, logra una sola pieza musical, algo limpio y finalmente acabado.

Quien busca conformar equipos de trabajo con los ‘afines’, quien piensa más en las exclusiones que en las inclusiones; quien aspira a las similitudes, desconoce el carácter de un equipo, que no es otra cosa que la conjunción y síntesis de los disímiles.

Naturalmente, si se ignoran las capacidades de cada individuo, lejana está la posibilidad de poder manejar un equipo. Solo conociendo las destrezas de cada trabajador se puede realizar la delicada tarea del ensamblaje.

Cuando el centro de gravedad radica en el líder, cuando el equipo se sostiene en alguien en particu­lar, se tiene un seudoequipo. Si no hay la flexibilidad nece­saria para reemplazar a los ‘titulares’, se tiene un equipo que no llega a ser real.

Si lo que cohesiona y solidariza al equipo es el temor al líder y el deseo de sabotear sus órdenes y planes, la organización debe tomar cartas en el asunto para lograr el reenfoque, para que los colaboradores recuperen el entusiasmo y orgullo empresarial, para que vuelvan a alinearse con su misión y visión, que son los metavalores, algo que sobrepasa a las mezquindades personales.

Las fragilidades radican, siempre, en los caracteres de los individuos. Aun en las mejores estrategias organizacionales resultan medianamente útiles.

No es con el autoritarismo, sino con la firmeza y una clara visión de los propósitos de la compañía, como se rescatan e impulsan los equipos de trabajo.

La curva natural del liderazgo, en los equipos inspirados en un sujeto, se traduce como decrecimiento del entusiasmo y de los logros. Esa especie de simbiosis, que nada tiene que ver con el ideal de ‘una sola mente y un solo propósito’, puede bloquear la capacidad de cada miembro del equipo para hacer uso de sus destrezas.

El equipo fluctúa tanto como fluctúa el ánimo del líder. Consecuentemente, el rendimiento será irregular, carente de ritmo y consistencia para desarrollarse.

Si el líder vive en eterna experimentación, ‘innovándose’ a diario, no permitirá que maduren procesos, que se cumplan plazos. Él quiere llegar antes a la meta; su prisa e impaciencia precipitan.

Los brincos cualitativos y cuantitativos de un equipo son signos de pérdida de control de su funcionamiento. Es preferible una consolidación ascendente a la experiencia de una auténtica montaña rusa.