Laura Luna Gaibor
Laura Luna, doctora especializada en cirugía plástica, en un viaje al exterior por su formación profesional, descubrió en México la platería de Taxco y tomó una oportunidad que cambió su vida.

Hay historias empresariales que no crecen por “golpes de suerte”, sino por oficio, constancia y una obsesión sana por hacer bien las cosas. Lunae es una de ellas: una joyería familiar que, desde 1988, aprendió a sostenerse en un mercado exigente combinando tres pilares que rara vez conviven en equilibrio: artesanía, operación minorista de alto tráfico (centros comerciales) y una gestión cada vez más técnica impulsada por la segunda generación.
En diciembre de 2025, la firma cerró un ciclo decisivo: un relanzamiento integral de marca que busca proyectarla a las próximas décadas, sin romper el hilo de lo que la hizo confiable durante 37 años.
Del instinto emprendedor a una propuesta clara
La historia comienza con una decisión simple, pero poco común: apostar por la plata cuando la industria local giraba alrededor del oro. Con el tiempo, esa apuesta tomó forma como empresa familiar, primero bajo el nombre La Mina y luego como Lunæ, hasta consolidar una presencia sostenida en Quito y una clientela que vuelve cuando necesita que un regalo “diga algo” por sí mismo: compromisos, graduaciones, comuniones, nacimientos.
Un producto noble, una cadena compleja
Detrás de cada vitrina hay una cadena productiva que no se improvisa. Las piezas se trabajan artesanalmente por maestros joyeros en México y por artesanos del Azuay, y se elaboran en plata 925 (92,5% plata pura), elegida por su equilibrio entre pureza y durabilidad.
Esa elección, sin embargo, trae un desafío que cualquier emprendedor debería subrayar en rojo: el precio de la materia prima está atado al mercado internacional. En la práctica, esto obliga a pensar el negocio no solo como “ventas”, sino como un sistema completo de compras, inventario, rotación y temporadas.
La tienda como máquina operativa
A diferencia de un taller que vende por encargo, Lunae opera con el costo estructural de los centros comerciales: arriendos mensuales, nómina y administración. Esa es la realidad silenciosa de muchas marcas de retail: la estética es la cara visible; los costos fijos un reloj corriendo.
Aquí aparece una lección clave: el margen no es un “premio”; es el combustible para sostener el día a día y, además, comprar inventario con disciplina. En las conversaciones internas, la empresa prefiere mantener privadas cifras absolutas de ventas por la ola de inseguridad que vive el país, pero sí deja claro el mapa general: operación + administración pesan fuerte todos los meses, y la inversión en producto se distribuye a lo largo del año según temporada.
Estrategia de diversificación de negocios
Otra clave silenciosa de la longevidad de Lunae ha sido la manera en que la familia gestiona el riesgo. Desde el inicio, Laura entendió que un negocio no siempre crece en línea recta, y por eso tomó una decisión poco habitual: no depender de una sola fuente de ingreso. Mientras levantaba la joyería, sostuvo su profesión principal —tradicionalmente bien remunerada en Ecuador— como un pilar financiero paralelo.
Esa lógica de diversificación no se quedó en una etapa, se convirtió en cultura familiar. Hoy, sus hijos, profesionales altamente calificados, siguen el mismo principio: mantienen sus carreras principales y, en paralelo, administran Lunae, aportando gestión, criterio y visión de largo plazo sin exponer a la empresa —ni a la familia— a depender de un único negocio.
Hoy Lunae vende alrededor de 22 000 unidades al año y tiene presencia en cinco centros comerciales de Quito: Mall el Jardín, Condado Shopping, CCI, Multicentro y Escala Shopping.
El lujo accesible como estrategia de mercado
Una idea central —con impacto directo en la estrategia— es que la plata hace la joyería más democrática: no está restringida a públicos de ingresos altos. Eso amplía el mercado y permite un portafolio que acompaña etapas de vida, desde regalos de infancia (aretes, pulseras con nombre, medallas), pasando por primeras piezas propias en juventud, hasta hitos adultos como aniversarios y compromiso. Con el tiempo, la categoría suma un atributo clave: joyas que se guardan, se reparan y se heredan.
El resultado es un negocio de demanda recurrente y estacionalidad clara: Navidad, Día de la Madre, San Valentín, Día del Padre y celebraciones como bautizos, comuniones y cumpleaños se vuelven momentos planificables de venta.
La segunda generación y el giro hacia gestión basada en datos
El punto de inflexión es generacional: la segunda generación asume el liderazgo con una consigna clara, evolucionar sin romper los valores. En la práctica, eso ya se traduce en una operación más moderna: inventarios automatizados y controlados, trazabilidad del producto desde la compra hasta la venta, y analítica para leer sensibilidad al precio, preferencias por edad y desempeño por local. A esto se suma una inversión sostenida en publicidad digital, con segmentación más fina y decisiones mejor informadas.
En paralelo, el crecimiento deja de medirse solo en “más locales”. Se plantea por fases: primero comercio electrónico, luego validación de resultados, y recién después expansión física, negociada con criterio. Esa prudencia suele marcar la diferencia entre escalar y desordenarse.
Cultura de resiliencia: crecer sin perder el pulso del país
La empresa ha atravesado crisis económicas, conmociones sociales y la pandemia, manteniéndose relevante y operativa. Esa continuidad no se explica solo por “pasión”, sino por decisiones repetidas: control del gasto, compras alineadas a temporadas, enfoque en calidad, y una marca capaz de renovarse sin traicionar su identidad.
Hoy, Lunae sostiene empleo directo para más de 20 personas —en ventas, artesanía y administración— y ese dato dice mucho más que una cifra. Su equipo está conformado íntegramente por mujeres y, en su mayoría, por cabezas de hogar, lo que vuelve ese impacto aún más significativo. En una empresa familiar, el empleo no es solo un costo operativo: es una red de sustento, un oficio que se perfecciona con el tiempo y una continuidad que se construye año tras año.
Lunae se vive como joyería, pero se gestiona como un sistema: producto noble, artesanía exigente, retail con alto costo fijo y una dirección que entiende que modernizar no es un “proyecto”, sino una disciplina diaria. En un país donde la supervivencia empresarial ya es un logro, sostener 37 años de continuidad y, además, relanzarse con ambición para lo que viene es una definición contemporánea de éxito.